martes, 18 de agosto de 2009

Arte prehispánico: rostro y corazón

Arte prehispánico: rostro y corazón

Por Beatriz Sánchez Zurita
Instituto de Artes Plásticas, Universidad Veracruzana

A lo largo de la existencia humana el individuo, ha tenido la necesidad de creer en “algo” ante problemas o fenómenos naturales que no puede entender o resolver acude a una o varias deidades, así como de representarlas de alguna forma. Estas particularidades han sido alimento para su creatividad, sus ideas, creencias y prácticas mágico-religiosas deben hacerse tangibles: todo ritual requiere materializar al “ser divino”, mediante una imagen o escultura. El hombre necesita ver y reconocer a sus dioses, otorgarle similitudes físicas y de pensamiento respecto a lo que somos los humanos: en ellos también existen cualidades, defectos y sentimientos: la bondad, la envidia, la nobleza, etc., los cuales, no se deslindan de conflictos para preservar y mantener una posición dentro de una jerarquía divina.

De la misma manera, estos rasgos se identifican en el arte precolombino; en su legado se encuentran manifestaciones que son el testimonio de sus creencias, ritos y modo de vivir. “Los dioses hechos a imagen y semejanza del hombre”[1] no podrían entenderse como dos entes autónomos y distintos, los dioses en el México antiguo, tienen características humanas, tanto en la parte física como de pensamiento, con sus respectivos actos y consecuencias. Recordemos la leyenda de Coatlicue cuando quedó embarazada de Huitzilopochtli; sus hijos la Luna y los “cuatrocientos del sur” (las estrellas) al enterarse, enfurecieron de tal modo que decidieron matar a la madre, pero en el momento del nacimiento de Huitzilopochtli, con ayuda de la serpiente de fuego, le cortó la cabeza a la Luna y puso en fuga a las estrellas. En este relato hay una lucha de poderes, similar a lo que sucede con los humanos.
Según los especialistas, nuestros ancestros creían que los dioses tenían una gran influencia en todo lo que sucedía; los días se dividían de acuerdo a las fuerzas benignas o malignas de los dioses, para ello había que llevar un registro en manuscritos, pues era propicio saber que harían estas deidades cada día. Eran libros adivinatorios que solo podían ser consultados e interpretados por sacerdotes, el mas importante, por su belleza y complejidad es el Códice Borgia. Se realizaban una serie de consultas; respecto a los tiempos de siembra, los viajes, el comercio, la guerra, el matrimonio y sobre todo, pronosticar el destino de los recién nacidos, ya que cada día había un dios distinto. Es necesario explicar que el tiempo en aquellas épocas era medido por dos tipos de cuentas calendáricas: la primera indica el año solar de 365 días y la segunda se refiere al “ciclo adivinatorio de 260 días, que es la multiplicación de los 20 signos de los días y la combinación de 13 números. A estas 20 unidades se les llama tricenas”[2]. El ciclo de 260 es más corto que el de 365 días, por lo cual en cada año solar se repetían 105 signos del calendario adivinatorio. Cada uno se representa con un animal, una planta, un elemento o una acción y le corresponde una deidad protectora, así como también las tricenas. Por lo tanto a cada recién nacido se le adjudicaban dos deidades; la de los patrones de los días y la de los regentes de las tricenas.
Códice Borgia, caimán, caña y serpiente

Estos veinte días tienen un orden establecido y poseen asociación con los fenómenos naturales, los animales, las plantas y los objetos, sus agrupaciones serán en este sentido, con la idea de la relación hombre naturaleza.

El primer grupo lo integran aquellos que se relacionan con los elementos y los fenómenos naturales: Ehecatl, viento cuya imagen es la máscara del dios del viento Quetzalcoatl-Ehecatl, se caracteriza por tener un pico largo de pájaro rojo; Atl, Agua, representado como un semicírculo con trazos azules; Quiahitl, Lluvia, su imagen se relaciona con el dios de la lluvia, Tlaloc y se le dibujaba con cuerpo de humano, su cabeza tiene una gran mandíbula y su ojo lo circunda un aro.

Los animales conforman el segundo grupo: el día, Cipactli o Caimán se dibujaba completo o solo la cabeza, en ambas representaciones carece de la mandíbula inferior, se caracteriza por las protuberancias en forma de pico que rodean su piel; Cuetzapallin, Lagartija, este animal lo concibieron en azul y rojo, cuya división de color esta definida a la altura del vientre, ninguna la lagartija tiene estos colores por lo cual se piensa que tenía un valor simbólico; Coatl, serpiente, para los prehispánicos este animal era asociado con las dioses del viento y la lluvia; Mazatl, Venado representado en color ocre y varias líneas en la misma dirección, imitando el pelaje; Tochtli, Conejo, a este día se le asocia con la luna y el pulque; Itzcunctli, Perro, se le dibujaba con una sucesión de líneas y círculos ocres y negros sobre un fondo blanco; Ozomatli, Mono a este animal se le relacionaba con el arte, los juegos y la alegría; Ocelotl, Jaguar que simboliza la valentía y el poder, su imagen está pintada de ocre o amarillo y tiene unas manchas negras con centro blanco sobre su pelaje; Cuauhtli, Águila, pintada en colores amarillo, blanco, verde y rojo, se le relacionaba con los guerreros y el sol; Cozcacuauhtli, Águila de collar o zopilote se le asociaba con la vejez.

Códice Borgia, lagartija, serpiente y águila
El tercer grupo sea asocia con el mundo vegetal; Malinalli, Hierba torcida, es una planta que emerge de la tierra, sus raíces son rojas y representan la sangre; Acatl, Caña, se representa con pedazos de caña, en forma de flechas atadas; Xochitl, Flor, es un signo que se identifica con la belleza y la alegría.
El último grupo se identifica con los objetos y situaciones: Miquiztli, Muerte, signo se dibujaba con un cráneo blanco con manchas amarillas y se le asocia con Mictlantecuhtli; Calli, casa, esta imagen se representa como una casa o templo con techo de paja y escalinatas; Ollin, Movimiento representado por dos tiras entrelazadas, una verde y una roja con un delineado amarillo, además de representar el movimiento, se le relaciona con los temblores de la tierra: Tecpatl, Pedernal, es un cuchillo de forma ojival pintado de distintas formas.

Para el hombre prehispánico era sustancial hacer una clara definición de espacios físicos, espirituales y morales. A través de estas representaciones se observan sus preocupaciones; su posición respecto a los otros seres, sus incógnitas hacia lo desconocido, pero también encuentra una explicación a los enigmas de sí mismo y del universo. Su vida tenía una fuerte correspondencia con su contexto, era una especie de engranaje en el cual había que estar muy atento a los designios de los dioses y de la tierra misma; desde el nacimiento hasta la muerte se establecían vínculos con las deidades, en cada etapa, proceso o actividad se detecta que tanto los signos de los días, como los dioses, representan un concepto que se identifica con formas de la flora y la fauna. Este binomio, de seres divinos ataviados con elementos de la naturaleza para persistir y transitar por la tierra y ello los hace palpables, cercanos al hombre.

En el Códice Borgia hay una vínculo muy acertado entre la imagen y lo que representa cada una de sus partes en la vida real. El viento, a través de la forma de un pájaro de largo pico tiene un doble significado; por un lado es el aire por el cual podemos subsistir, y por otro es una fuerza natural incontrolable que puede destruir con potencia incontrolable. Al igual, el agua es un líquido vital para nuestra existencia y por otro lado constituye un peligro a través de una tormenta. En cuanto a los signos con características zoomorfas, se enfatizan las cualidades o defectos que pudiera tener el animal; los nacidos bajo el signo Mazatl encarnado por el venado, podrían caracterizarse por ser tímidos, pero a la vez aseguraban sustento y seguridad. Al signo de la lagartija se le adjudican dos significados: la riqueza y la enfermedad. El dibujo del signo de la muerte se asocia con Mictlantecuhtli, el señor del inframundo y de la muerte, sin embargo para el hombre prehispánico era indicativo de renacimiento y fertilidad por su relación con la luna. En este sentido cíclico de transformación, encontramos que el signo Malinalli, hierba torcida simboliza la muerte y la caducidad, pero también la renovación, por lo cual, aquellos que nacían bajo este influjo frecuentemente enfermarían pero siempre conseguirían recuperarse.

En general cada imagen tiene un doble significado que se asocia con el bien o con el mal, esta doble lectura permite vislumbrar un equilibro entre estos dos ámbitos, a lo que también correspondería el concepto del hombre náhuatl: rostro y corazón, como dos entidades que inseparables. Esta relación integra la fisonomía y el alma de los individuos en el México prehispánico, donde existía una sociedad organizada, con respeto a cada individuo “hacer sabios los rostros y firmes los corazones”[3] .

Coatepec, Ver. a 24 de julio de 2009
[1] Alfonso Caso, El pueblo del Sol, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p.11
[2] Krystyna M. Libura, Los días y los dioses del Códice Borgia, México, Ediciones Tecolote, 2002, p.7
[3] Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos, México, Fondo de Cultura Económica, 1998, p149

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